Resulta que a muchos de nosotros nos obligan a llevar traje de chaqueta en nuestro puesto de trabajo. 12 horas diarias. De lunes a viernes. Menuda putada. Por eso cuando ves algo con lo que te puedes divertir vistiendo mientras cumples las normas no escritas (o sí) del outfit del trabajador ideal, pues lo abrazas y lo hueles y lo muerdes. Sí, incluso unos calcetines.

El traje chaqueta se democratizó con la revolución industrial y marcó la diferencia entre el obrerito de turno y el jefe. Ahora todos somos jefes por aquí porque, salvo variaciones de marca, vestimos con los mismos colores. El equipo de los oscuros, de los grises. Nunca un color dijo tanto.

Más allá de colores lo importante es lo que te cuentan. Porque un calcetín gris te puede insultar si quiere. Quiero llevar unos calcetines que me hablen a mi. Pero amigo, nada de diversión por diversión. Aquí a uno le gustan las historias inteligentes y cómplices. Esas que te remueven y te dejan pensando.

Porque un calcetín te puede hacer poderoso. Puede convertirse en la libertad llevando la bandera de la revolución francesa. No, no... puede convertirse en la teta de la libertad llevando la bandera de la revolución francesa. Así de libre puedes llegar a ser cuando cambias una pequeña pieza de tu maquinaria diaria. Puede ser el mazo del spot de 1984 o el bigote de Chaplin en “Tiempos modernos”. Puede ser el que me recuerde que soy único. O puede ser el único calcetín que me queda en el cajón, que a veces le pedimos demasiado a las cosas, joder.